El partido demócrata se encuentra en una verdadera encrucijada. Tanto Barack Obama como Hillary Cllinton tienen razones para reclamar la candidatura presidencial. Ambos sin embargo, tienen igualmente motivos suficentes para negarle al otro el derecho a ser el candidato demócrata en la elección de noviembre.
Aun habiendo perdido en la primaria de Pennsylvania del martes por casi diez puntos porcentuales de diferencia, Obama sigue adelante tanto en el número de delegados como en el conteo total del voto popular (la gente que ha votado por él en las 42 primarias y caucus que se han efectuado).
El problema por supuesto, es que Obama no tiene el número suficiente de delegados para ser coronado como candidato.
Clinton por su parte, aun cuando está con 140 y tantos delegados menos que Obama, tiene varios argumentos en su favor. Uno de ellos, es que ha ganado en los grandes estados (California, New York, Texas, etc.) y en particular en estados como Ohio y Pennsylvania que los democratas están obligados a ganar en noviembre si quieren ocupar la Casa Blanca.
El problema con Clinton por supuesto, es no sóolo que tiene menos delegados sino que cada día más gente la ve como alguien que no es confiable y como una figura política que no escatima esfuerzo alguno (inclusive lanzar ataques bajos) para alcanzar el poder. En una frase, sus porcentajes negativos con mucho del electorado son demasiado altos.

¿Qué hacer entonces? Muchos demócratas desearían que la campaña pudiera terminar de inmediato y así detener esta sangría interna del partido. A medida que pasan las semanas y más primarias, los dos candidatos se causan más daño e indirectamente ayudan al republicano John McCain.
La verdad, no hay respuesta fácil ante esta interrogante.
Obama va adelante y con toda seguridad terminará primero en la cuenta de delegados y voto popular. Sin embargo, para cuando terminen las primarias se habrán sembrado serias dudas sobre sus posibilidades de triunfo en noviembre.